LA FELICIDAD COMO ASIGNATURA OBLIGATORIA

La felicidad como asignatura obligatoria

A mi entender, y por un raro ensalmo, la felicidad de uno está emparentada a la de otros, más que nada por aquello de la rivalidad ignominiosa al uso. De manera que si tenemos en cuenta el pundonor de algunos en igualarse a otros para conseguir el mismo grado de felicidad, nada de extraño tiene que este objeto de deseo acabe siendo una meta tan ansiada como a veces inalcanzable.

El dinero no da la felicidad. Bueno, a mí sí, pero es que yo soy muy raro –que decía un buen amigo- y a partir de ahí cada cual con sus propia escala de valores. Las escuelas hedonistas clásicas fueron escuelas socráticas, de manera que la búsqueda del placer en todos los ámbitos de la vida no es una leyenda urbana, es más, me atrevería a decir que hoy ya podríamos hablar de hedonismo posmoderno, exponente que no traiciona en quienes la consecución de la felicidad se ha convertido en un fin en sí mismo.

El grado de júbilo, en muchos casos, viene guiado por el éxtasis de acaparar medios materiales, es decir, convertir tu hábitat natural en una especie de almoneda. Consumo, luego existo, es la nueva religión. El ser humano, inoculado de biodiversidad consumista, llena su soledad y su aburrimiento a cambio de gastar lo que se gana, dicho de otra manera, se trabaja para tener dinero y se tiene dinero para consumir; lo que sucede es que esta variante de la ludopatía convierte a la persona en alguien extemporáneo capaz de confundir felicidad con otras realidades, renunciando así a las cosas sencillas que brotan alrededor de uno mismo.

Y no es por no querer ser feliz, que conste, pero quizás la felicidad en estado puro radique en saber aceptarse uno mismo como generador de una filosofía rica en antioxidantes anímicas. En estos momentos vivimos en una sociedad incapaz de premiar al bueno y de castigar al malo. Que a final de mes la nómina no establece diferencias entre el trabajador eficiente y el vago contumaz. Que el sacrificio que soporta el ciudadano por aguantar el mercadeo de la clase política resulta innoble; y, en definitiva, que la presión contributiva ejerce una purulencia capaz de quemar las entrañas y este humus, créanme, resta solvencia al ser humano para discernir la porción de felicidad a la que tiene derecho por ley natural.

Nada de extraño, por tanto, que a la felicidad se la festeje a la mínima; razones hay para ello merced al hastío inquisidor instalado en nuestro organismo por obra y gracia de tantas falsas promesas que nos alejan cada vez más de un futuro inalcanzable; las mismas razones que nos privarán de un venerable presente en nada que nos estremezcamos con la prédica y la demagogia, pues a la vesania de quienes manejan el timón de este planeta les colma regalarnos pesadumbre, máxime cuando ellos mismos nos advierten que la población mundial necesitará un 30% más de alimentos en 2030, un 40% más de agua y un 50% más de energía. Y no contentos con esto van y anuncian que el futuro de la humanidad pasa por colonizar otros planetas del sistema solar para establecer allá el asentamiento en aras de preservar la especie.

Que a pesar de todo hay motivos para ser felices, pues sí, pero siempre y cuando haya un rearme de valores. Sin ir más lejos en diversos colegios británicos la felicidad es ya una asignatura. Se imparten clases de felicidad una hora a la semana en donde simplemente se trata de enseñar al niño a vivir. No es este un asunto anecdótico, se calcula que 220 millones de niños en el mundo padecen problemas de ansiedad y estados depresivos por carencia de emociones vitales. Sin duda, las necesidades derivadas de las emociones son tan importantes como el propio desarrollo intelectual, si es que con ello se alcanza la tan ansiada felicidad. Creo que merece la pena intentarlo, de lo contrario hasta la mismísima Santa Teresa de Jesús lo dijo: “He cometido el peor de los pecados, quise ser feliz”

Les advierto, no obstante, a veces la felicidad la tenemos tan próxima a nosotros mismos que no sabemos ni que existe.

Juan José Vijuesca (Escritor)

 

Fuente: https://www.elimparcial.es/noticia/149888/opinion/La-felicidad-como-asignatura-obligatoria.html